Ludwig von Mises reconstruye los orígenes y el entorno intelectual de la Escuela austriaca de economía política, comenzando con los »Principios de economía política« (Grundsätze der Volkswirtschaftslehre, 1871) de Carl Menger y sus primeros compañeros Böhm-Bawerk y Wieser. El ensayo describe las condiciones académicas en las universidades austriacas, el clima liberal de la constitución habsbúrgica de 1867 y el papel institucional particular de los Privatdozenten (docentes privados). En el centro está el Methodenstreit: el conflicto entre los economistas austriacos y la Escuela Histórica alemana de Gustav von Schmoller, que negaba la posibilidad de proposiciones económicas de validez general. Mises vincula esa disputa metodológica con la evolución política de Alemania, que sigue desde la política social de Schmoller, pasando por Werner Sombart, hasta el nacionalsocialismo. Por último, sitúa la »Escuela austriaca« como un capítulo nacionalmente mal nombrado de la historia de la teoría económica, que hace tiempo se incorporó a la economía política general.
El marco histórico de la Escuela austriaca de Economía
Ludwig von Mises
I. Carl Menger y la Escuela austriaca de Economía
- Los comienzos
Lo que se conoce como la Escuela austriaca de Economía comenzó en 1871, cuando Carl Menger publicó un delgado volumen bajo el título Grundsätze der Volkswirtschaftslehre.
Es habitual rastrear la influencia que el medio ejerce sobre los logros del genio. A la gente le gusta atribuir las hazañas de un hombre de genio, al menos en cierta medida, a la acción de su entorno y al clima de opinión de su época y de su país. Cualquiera que sea lo que este método pueda conseguir en algunos casos, no cabe duda de que resulta inaplicable en lo que respecta a aquellos austriacos cuyos pensamientos, ideas y doctrinas importan para la humanidad. Bernard Bolzano, Gregor Mendel y Sigmund Freud no fueron estimulados por sus parientes, maestros, colegas o amigos. Sus esfuerzos no hallaron simpatía por parte de sus compatriotas contemporáneos ni del gobierno de su país. Bolzano y Mendel llevaron a cabo su obra principal en un entorno que, por lo que se refiere a sus campos específicos, podría calificarse de desierto intelectual, y murieron mucho antes de que la gente empezara a vislumbrar el valor de sus aportaciones. De Freud se rieron cuando expuso por primera vez sus doctrinas en la Asociación Médica de Viena.
Podría decirse que la teoría del subjetivismo y del marginalismo que Carl Menger desarrolló estaba en el aire. Había sido anticipada por varios precursores. Además, casi al mismo tiempo que Menger escribió y publicó su libro, William Stanley Jevons y Léon Walras también escribieron y publicaron libros que exponían el concepto de utilidad marginal. Sea como fuere, es seguro que ninguno de sus maestros, amigos o colegas mostró interés alguno por los problemas que apasionaban a Menger. Cuando, algún tiempo antes del estallido de la primera Guerra Mundial, le hablé de las reuniones informales, pero regulares, en las que los economistas vieneses más jóvenes solíamos discutir problemas de teoría económica, observó pensativo: "Cuando yo tenía vuestra edad, a nadie en Viena le importaban estas cosas." Hasta finales de los años setenta no existía ninguna "Escuela austriaca." Solo existía Carl Menger.
Eugen von Böhm-Bawerk y Friedrich von Wieser nunca estudiaron con Menger. Habían terminado sus estudios en la Universidad de Viena antes de que Menger comenzara a dar clases como Privat-Dozent. Lo que aprendieron de Menger lo obtuvieron del estudio de los Grundsätze. Cuando regresaron a Austria tras pasar algún tiempo en universidades alemanas, en especial en el seminario de Karl Knies en Heidelberg, y publicaron sus primeros libros, fueron nombrados para enseñar economía en las Universidades de Innsbruck y Praga, respectivamente. Muy pronto, algunos hombres más jóvenes que habían pasado por el seminario de Menger y se habían visto expuestos a su influencia personal aumentaron el número de autores que contribuían a la investigación económica. La gente en el extranjero empezó a referirse a estos autores como "los austriacos." Pero la denominación "Escuela austriaca de Economía" se utilizó solo más tarde, cuando su antagonismo con la Escuela histórica alemana salió a la luz tras la publicación, en 1883, del segundo libro de Menger, Untersuchungen über die Methode der Sozialwissenschaften und der Politischen Oekonomie insbesondere.
La Escuela austriaca de Economía y las universidades austriacas
El Gabinete austriaco en cuyo departamento de prensa sirvió Menger a principios de los años setenta —antes de su nombramiento en 1873 como profesor adjunto en la Universidad de Viena— estaba compuesto por miembros del Partido Liberal, que defendía las libertades civiles, el gobierno representativo, la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, una moneda sana y el libre comercio. A finales de los años setenta, el Partido Liberal fue desalojado por una alianza de la Iglesia, los príncipes y condes de la aristocracia checa y polaca, y los partidos nacionalistas de las distintas nacionalidades eslavas. Esta coalición se oponía a todos los ideales que los liberales habían sostenido. Sin embargo, hasta la desintegración del Imperio de los Habsburgo en 1918, la Constitución que los liberales habían inducido al Emperador a aceptar en 1867 y las leyes fundamentales que la complementaban siguieron siendo, en líneas generales, válidas.
En el clima de libertad que estos estatutos garantizaban, Viena se convirtió en un centro de los precursores de nuevas formas de pensar. Desde mediados del siglo dieciséis hasta finales del siglo dieciocho, Austria fue ajena al esfuerzo intelectual de Europa. A nadie en Viena —y aún menos en otras partes de los Dominios austriacos— le interesaba la filosofía, la literatura y la ciencia de Europa occidental. Cuando Leibniz y, más tarde, David Hume visitaron Viena, no había allí naturales del país que se hubieran interesado por su obra. Con la excepción de Bolzano, ningún austriaco anterior a la segunda mitad del siglo diecinueve aportó nada de importancia a las ciencias filosóficas o históricas.
Pero cuando los liberales hubieron retirado las cadenas que habían impedido todo esfuerzo intelectual, cuando hubieron abolido la censura y denunciado el concordato, mentes eminentes empezaron a converger hacia Viena. Algunas vinieron de Alemania —como el filósofo Franz Brentano y los juristas y filósofos Lorenz von Stein y Rudolf von Jhering—, pero la mayoría procedía de las provincias austriacas; unos pocos eran vieneses de nacimiento. No había conformidad entre estos líderes, ni entre sus seguidores. Brentano, el exdominico, inauguró una línea de pensamiento que finalmente condujo a la fenomenología de Husserl. Mach fue el exponente de una filosofía que desembocó en el positivismo lógico de Schlick, Carnap y su "Círculo de Viena." Breuer, Freud y Adler interpretaron los fenómenos neuróticos de un modo radicalmente distinto de los métodos de Krafft-Ebing y Wagner-Jauregg.
El "Ministerio de Culto e Instrucción" austriaco miraba con recelo todos estos empeños. Desde principios de los años ochenta, el Ministro del Gabinete y el personal de este departamento habían sido elegidos entre los conservadores más fiables y enemigos de todas las ideas e instituciones políticas modernas. No sentían más que desprecio por lo que a sus ojos eran extravagancias estrafalarias. Les habría gustado cerrar a las universidades el acceso a toda esta innovación.
Pero el poder de la administración estaba seriamente limitado por tres "privilegios" que las universidades habían adquirido bajo el impacto de las ideas liberales. Los profesores eran funcionarios y, como todos los demás funcionarios, estaban obligados a obedecer las órdenes dictadas por sus superiores, es decir, el Ministro del Gabinete y sus colaboradores. Sin embargo, estos superiores no tenían derecho a inmiscuirse en el contenido de las doctrinas enseñadas en las clases y los seminarios; en este aspecto, los profesores gozaban de la tan mencionada "libertad académica." Además, el Ministro estaba obligado —aunque esta obligación nunca se había formulado de manera inequívoca— a atenerse, al nombrar profesores (o, dicho con más precisión, al proponer al Emperador el nombramiento de un profesor), a las propuestas formuladas por la facultad correspondiente. Por último, estaba la institución del Privat-Dozent. Un doctor que hubiera publicado un libro erudito podía pedir a la facultad que lo admitiera como docente libre y privado de su disciplina; si la facultad decidía a favor del solicitante, se requería aún el consentimiento del Ministro; en la práctica, este consentimiento, antes de la época del régimen de Schuschnigg, se concedía siempre. El Privat-Dozent debidamente admitido no era, en esa condición, funcionario. Aun cuando se le concediera el título de profesor, no recibía retribución alguna del gobierno. Unos pocos Privat-Dozents podían vivir de sus propios fondos. La mayoría de ellos trabajaba para ganarse la vida. Su derecho a cobrar las tasas pagadas por los estudiantes que asistían a sus cursos carecía en la mayoría de los casos prácticamente de valor.
El efecto de esta organización de los asuntos académicos fue que los consejos de profesores gozaban de una autonomía casi ilimitada en la gestión de sus escuelas. La economía se enseñaba en las Escuelas de Derecho y Ciencias Sociales (Rechts und staatswissenschaftliche Fakultäten) de las universidades. En la mayoría de estas universidades había dos cátedras de economía. Si una de estas cátedras quedaba vacante, un cuerpo de juristas tenía que —con la cooperación, a lo sumo, de un economista— elegir al futuro titular. Así, la decisión recaía en personas que no eran economistas. Cabe suponer con justicia que estos profesores de derecho se guiaban por las mejores intenciones. Pero no eran economistas. Tenían que elegir entre dos escuelas de pensamiento opuestas: la "Escuela austriaca," por un lado, y la presuntamente "moderna" escuela histórica, tal como se enseñaba en las universidades del Reich alemán, por otro. Incluso si ningún prejuicio político y nacionalista hubiera perturbado su juicio, no podían dejar de sentir cierta sospecha hacia una línea de pensamiento que los profesores de las universidades del Reich alemán calificaban de específicamente austriaca. Nunca antes había surgido en Austria ningún nuevo modo de pensar. Las universidades austriacas habían sido estériles hasta que —tras la revolución de 1848— fueron reorganizadas según el modelo de las universidades alemanas. Para las personas que no estaban familiarizadas con la economía, el predicado "austriaco" aplicado a una doctrina tenía fuertes resonancias de los días oscuros de la Contrarreforma y de Metternich. Para un intelectual austriaco, nada podía parecer más desastroso que una recaída de su país en la inanidad espiritual de los viejos buenos tiempos.
Carl Menger, Wieser y Böhm-Bawerk habían obtenido sus cátedras en Viena, Praga e Innsbruck antes de que el Methodenstreit hubiera empezado a aparecer, en la opinión de los legos austriacos, como un conflicto entre la ciencia "moderna" y el "atraso" austriaco. Sus colegas no les guardaban ningún rencor personal. Pero, siempre que era posible, intentaban traer seguidores de la escuela histórica desde Alemania a las universidades austriacas. Aquellos a quienes el mundo llamaba los "economistas austriacos" eran, en las universidades austriacas, intrusos tolerados con cierta reticencia.
3. La Escuela austriaca en la vida intelectual de Austria
Las más distinguidas entre las universidades francesas y alemanas eran, en la gran época del liberalismo, no meramente instituciones de enseñanza que proporcionaban a las generaciones ascendentes de profesionales la instrucción necesaria para el ejercicio satisfactorio de sus profesiones. Eran centros de cultura. Algunos de sus profesores eran conocidos y admirados en todo el mundo. A sus cursos asistían no solo los estudiantes ordinarios que pensaban obtener grados académicos, sino también muchos hombres y mujeres maduros que se desenvolvían en las profesiones, en los negocios o en la política y que no esperaban de las lecciones otra cosa que una gratificación intelectual. Tales personas ajenas, que no eran estudiantes en sentido técnico, abarrotaban, por ejemplo, en París los cursos de Renan, Fustel de Coulanges y Bergson, y en Berlín los de Hegel, Helmholtz, Mommsen y Treitschke. El público culto se interesaba seriamente por la obra de los círculos académicos. La élite leía los libros y las revistas publicados por los profesores, se afiliaba a sus sociedades eruditas y seguía con avidez las discusiones de las reuniones.
Algunos de estos aficionados que dedicaban a sus estudios solo las horas de ocio se elevaron muy por encima del nivel del diletantismo. La historia de la ciencia moderna registra los nombres de muchos de estos gloriosos "intrusos." Es, por ejemplo, un hecho característico que la única aportación destacable, aunque no de las que hacen época, a la economía que se originó en la Alemania del segundo Reich provino de un atareado asesor jurídico de empresas, Heinrich Oswalt, de Fráncfort, una ciudad que en la época en que se escribió su libro no tenía universidad.1
En Viena, también, en las últimas décadas del siglo XIX y a comienzos de nuestro siglo, prevaleció una estrecha asociación entre los profesores universitarios y el público culto de la ciudad. Empezó a desaparecer cuando los viejos maestros murieron o se retiraron y hombres de menor talla ocuparon sus cátedras. Fue éste el período en que el rango de la Universidad de Viena, así como la eminencia cultural de la ciudad, fueron sostenidos y ampliados por unos pocos Privat-Dozents. El caso más destacado es el del psicoanálisis. Nunca recibió aliento alguno de ninguna institución oficial; creció y prosperó fuera de la universidad, y su única conexión con la jerarquía burocrática del saber fue el hecho de que Freud era un Privat-Dozent con el insignificante título de profesor.
Existía en Viena, como herencia de los años en que los fundadores de la Escuela austriaca habían logrado finalmente el reconocimiento, un vivo interés por los problemas de la economía. Este interés permitió al autor de estas líneas organizar un Privat-Seminar en los años veinte, fundar la Asociación Económica e instituir el Instituto Austriaco para la Investigación del Ciclo Económico, que más tarde cambió su nombre por el de Instituto Austriaco de Investigación Económica.
El Privat-Seminar no tenía conexión alguna con la Universidad ni con ninguna otra institución. Dos veces al mes un grupo de estudiosos, entre ellos varios Privat-Dozents, se reunía en el despacho del autor de estas líneas en la Cámara de Comercio austriaca. La mayoría de los participantes pertenecía al grupo de edad que había iniciado sus estudios académicos después del final de la primera Guerra Mundial. Algunos eran mayores. Los unía un ardiente interés por todo el campo de las ciencias de la acción humana. En los debates se trataban problemas de filosofía, de epistemología, de teoría económica y de las diversas ramas de la investigación histórica. El Privat-Seminar se interrumpió cuando, en 1934, el autor de estas líneas fue nombrado para la cátedra de relaciones económicas internacionales en el Graduate Institute of International Studies de Ginebra, Suiza.
Con la excepción de Richard von Strigl, cuya temprana muerte puso un fin prematuro a una brillante carrera científica, y de Ludwig Bettelheim-Gabillon, de quien tendremos más que decir, todos los miembros del Privat-Seminar encontraron un campo apropiado para la continuación de su trabajo como estudiosos, autores y profesores fuera de Austria.
En el ámbito del espíritu, Viena desempeñó un papel eminente en los años transcurridos entre el establecimiento del Parlamento a principios de los años sesenta y la invasión de los nazis en 1938. El florecimiento llegó de pronto tras siglos de esterilidad y apatía. La decadencia ya había comenzado muchos años antes de que los nazis irrumpieran.
En todas las naciones y en todos los períodos de la historia, las proezas intelectuales fueron obra de unos pocos hombres y sólo fueron apreciadas por una pequeña elite. Los muchos contemplaban estas hazañas con odio y desdén; en el mejor de los casos, con indiferencia. En Austria y en Viena la elite era especialmente reducida; y el odio de las masas y de sus dirigentes especialmente virulento.
Böhm-Bawerk y Wieser como miembros del gabinete austriaco
La impopularidad de la economía es el resultado de su análisis de los efectos de los privilegios. Es imposible refutar la demostración de los economistas de que todos los privilegios perjudican los intereses del resto de la nación o, al menos, de una gran parte de ella; de que quienes resultan perjudicados tolerarán la existencia de tales privilegios sólo si también a ellos se les conceden privilegios; y de que entonces, cuando todos están privilegiados, nadie gana, sino que todos pierden a causa de la consiguiente caída general en la productividad del trabajo.2 Sin embargo, las advertencias de los economistas son desatendidas por la codicia de personas que son plenamente conscientes de su incapacidad para triunfar en un mercado competitivo sin la ayuda de privilegios especiales. Confían en que obtendrán privilegios más valiosos que otros grupos, o en que estarán en posición de impedir, al menos durante algún tiempo, toda concesión de privilegios compensatorios a otros grupos. A sus ojos, el economista es simplemente un perturbador que quiere echar a perder sus planes.
Cuando Menger, Böhm-Bawerk y Wieser iniciaron sus carreras científicas, no se ocupaban de los problemas de las políticas económicas ni del rechazo del intervencionismo por parte de la economía clásica. Consideraban su vocación poner la teoría económica sobre una base sólida y estaban dispuestos a consagrarse por entero a esta causa. Menger desaprobaba de todo corazón las políticas intervencionistas que el Gobierno austriaco —como casi todos los gobiernos de la época— había adoptado. Pero no creía poder contribuir a un retorno a las buenas políticas de ninguna otra manera que exponiendo la buena economía en sus libros y artículos, así como en su enseñanza universitaria.
Böhm-Bawerk se incorporó al personal del Ministerio de Hacienda austriaco en 1890. Dos veces ejerció durante un breve tiempo como Ministro de Hacienda en un gabinete interino. De 1900 a 1904 fue Ministro de Hacienda en el gabinete presidido por Ernest von Körber. Los principios de Böhm en la dirección de este cargo eran: el mantenimiento estricto de la paridad oro de la moneda fijada por ley, y un presupuesto equilibrado sin ayuda alguna del banco central. Un eminente estudioso, Ludwig Bettelheim-Gabillon, proyectaba publicar una obra exhaustiva en la que analizaba la actividad de Böhm-Bawerk en el Ministerio de Hacienda. Por desgracia, los nazis mataron al autor y destruyeron su manuscrito.3
Wieser fue durante algún tiempo, durante la primera Guerra Mundial, Ministro de Comercio en el gabinete austriaco. Sin embargo, su actividad se vio más bien obstaculizada por los amplios poderes —ya concedidos antes de que Wieser asumiera el cargo— a un funcionario del ministerio, Richard Riedl. En la práctica, sólo asuntos de importancia secundaria quedaron bajo la jurisdicción del propio Wieser.
El conflicto con la Escuela Histórica alemana
1. El rechazo alemán de la economía clásica
La hostilidad que las enseñanzas de la teoría económica clásica encontraron en el continente europeo fue provocada primordialmente por prejuicios políticos. La economía política, tal como fue desarrollada por varias generaciones de pensadores ingleses, brillantemente expuesta por Hume y Adam Smith y perfeccionada por Ricardo, fue el resultado más exquisito de la filosofía de la Ilustración. Era la esencia de la doctrina liberal que aspiraba al establecimiento del gobierno representativo y a la igualdad de todos los individuos ante la ley. No fue sorprendente que fuera rechazada por todos aquellos cuyos privilegios atacaba. Esta propensión a despreciar la economía se vio considerablemente reforzada en Alemania por el creciente espíritu del nacionalismo. El repudio mezquino de la civilización occidental —filosofía, ciencia, doctrina e instituciones políticas, arte y literatura— que finalmente desembocó en el nazismo, tuvo su origen en una apasionada denigración de la economía política británica.
Sin embargo, no hay que olvidar que existían también otros motivos para esta rebelión contra la economía política. Esta nueva rama del conocimiento planteaba problemas epistemológicos y filosóficos para los que los estudiosos no hallaban una solución satisfactoria. No podía integrarse en el sistema tradicional de epistemología y metodología. La tendencia empirista que domina la filosofía occidental sugería considerar la economía como una ciencia experimental al modo de la física y la biología. La idea misma de que una disciplina que se ocupa de problemas "prácticos" como los precios y los salarios pudiera tener un carácter epistemológico distinto del de otras disciplinas que tratan de asuntos prácticos quedaba fuera de la comprensión de la época. Pero, por otro lado, sólo los positivistas más fanáticos dejaban de advertir que no podían realizarse experimentos en el campo sobre el cual la economía trata de proporcionar conocimiento.
No hemos de ocuparnos aquí del estado de cosas tal como se desarrolló en la era del neopositivismo o hiperpositivismo del siglo XX. Hoy, en todo el mundo, pero ante todo en los Estados Unidos, multitudes de estadísticos se afanan en institutos dedicados a lo que la gente cree que es "investigación económica". Recopilan cifras proporcionadas por los gobiernos y por diversas unidades empresariales, las reordenan, las reajustan y las reimprimen, calculan promedios y trazan gráficos. Suponen que con ello están "midiendo" el "comportamiento" de la humanidad y que no hay diferencia digna de mención entre sus métodos de investigación y los aplicados en los laboratorios de la investigación física, química y biológica. Miran con lástima y desprecio a aquellos economistas que, según dicen, al igual que los botánicos de la "antigüedad", se apoyan en "mucho pensamiento especulativo" en lugar de en "experimentos". Y están plenamente convencidos de que de su incesante esfuerzo surgirá un día un conocimiento final y completo que permitirá a la autoridad planificadora del futuro hacer a todas las personas perfectamente felices.
Pero en los economistas de la primera parte del siglo XIX, la tergiversación de los fundamentos de las ciencias de la acción humana no llegaba todavía tan lejos. Sus intentos de abordar los problemas epistemológicos de la economía resultaron, por supuesto, en un completo fracaso. Sin embargo, en retrospectiva, podemos decir que esta frustración fue un paso necesario en el camino que condujo hacia una solución más satisfactoria del problema. Fue el malogrado tratamiento que John Stuart Mill dio a los métodos de las ciencias morales lo que, sin pretenderlo, puso al descubierto la futilidad de todos los argumentos esgrimidos en favor de la interpretación empirista de la naturaleza de la economía.
Cuando los alemanes empezaron a estudiar las obras de la economía clásica británica, aceptaron sin reparo alguno el supuesto de que la teoría económica se deriva de la experiencia. Pero esta sencilla explicación no podía satisfacer a quienes discrepaban de las conclusiones que, de la doctrina clásica, debían inferirse para la acción política. Muy pronto plantearon preguntas: ¿No es acaso la experiencia de la que los autores británicos derivaron sus teoremas distinta de la experiencia que habría tenido ante sí un autor alemán? ¿No es la economía británica deficiente por el hecho de que el material de experiencia del cual se ha destilado fue únicamente Gran Bretaña, y sólo la Gran Bretaña de los Jorges de Hannover? ¿Existe, después de todo, algo así como una ciencia económica válida para todos los países, naciones y épocas?
Es obvio cómo respondieron a estas tres preguntas quienes consideraban la economía como una disciplina experimental. Pero tal respuesta equivalía a la negación apodíctica de la economía como tal. La Escuela Histórica habría sido coherente si hubiera rechazado la idea misma de que algo así como una ciencia de la economía es posible, y si se hubiera abstenido escrupulosamente de formular cualquier enunciado que no fueran informes sobre lo que había sucedido en un momento determinado del pasado en una parte determinada de la tierra. La anticipación de los efectos que cabe esperar de un acontecimiento determinado sólo puede hacerse sobre la base de una teoría que pretenda validez general y no meramente validez para lo que sucedió en el pasado en un país determinado. La Escuela Histórica negaba enfáticamente que existan teoremas económicos de tal validez universal. Pero esto no les impedía recomendar o rechazar —en nombre de la ciencia— diversas opiniones o medidas necesariamente concebidas para influir en las condiciones futuras.
Estaba, por ejemplo, la doctrina clásica relativa a los efectos del libre comercio y del proteccionismo. Los críticos no se embarcaron en la (desesperada) tarea de descubrir algún silogismo falso en la cadena del razonamiento de Ricardo. Se limitaron a afirmar que en tales materias no son concebibles soluciones «absolutas». Hay situaciones históricas, decían, en las que los efectos producidos por el libre comercio o el proteccionismo difieren de los que describe la teoría «abstracta» de los autores «de gabinete». Para sostener su punto de vista remitían a diversos precedentes históricos. Al hacerlo, descuidaban alegremente considerar que los hechos históricos, siendo siempre el resultado conjunto de la operación de una multitud de factores, no pueden probar ni refutar teorema alguno.
Así, la economía en el segundo Reich alemán, tal como la representaban los catedráticos universitarios nombrados por el Gobierno, degeneró en una colección asistemática y mal surtida de diversos retazos de saber tomados de la historia, la geografía, la tecnología, la jurisprudencia y la política de partido, aderezada con observaciones despectivas sobre los errores de las «abstracciones» de la escuela clásica. La mayoría de los profesores hacían, con mayor o menor entusiasmo, propaganda en sus escritos y en sus cursos a favor de las políticas del Gobierno Imperial: conservadurismo autoritario, Sozialpolitik, proteccionismo, armamento descomunal y nacionalismo agresivo. Sería injusto considerar esta intromisión de la política en el tratamiento de la economía como un fenómeno específicamente alemán. Su causa última estaba en la perniciosa interpretación epistemológica de la teoría económica, un defecto que no se limitaba a Alemania.
Un segundo factor que hizo que la Alemania del siglo XIX en general, y especialmente las universidades alemanas, mirasen con recelo la economía política británica fue su preocupación por la riqueza y su relación con la filosofía utilitarista.
Las definiciones entonces predominantes de la economía política la describían como la ciencia que se ocupa de la producción y la distribución de la riqueza. Una disciplina así no podía ser sino despreciable a los ojos de los profesores alemanes. Los profesores se consideraban a sí mismos personas entregadas con abnegación a la búsqueda del saber puro y no, como las huestes de los banáusicos amasadores de dinero, preocupadas por las posesiones terrenales. La mera mención de cosas tan bajas como la riqueza y el dinero era tabú entre quienes se vanagloriaban de su elevada cultura (Bildung). Los profesores de economía solo podían conservar su posición en los círculos de sus colegas señalando que el tema de sus estudios no eran las viles inquietudes de los negocios afanados en el lucro, sino la investigación histórica, por ejemplo acerca de las sublimes hazañas de los Electores de Brandeburgo y de los Reyes de Prusia.
No menos grave era la cuestión del utilitarismo. La filosofía utilitarista no se toleraba en las universidades alemanas. De los dos utilitaristas alemanes más destacados, Ludwig Feuerbach nunca obtuvo puesto docente alguno, mientras que Rudolf von Jhering fue profesor de Derecho romano. Todos los malentendidos que durante más de dos mil años se habían esgrimido contra el Hedonismo y el Eudemonismo fueron repetidos por los profesores de Staatswissenschaften en su crítica de los economistas británicos.4 Si nada más hubiera despertado las sospechas de los eruditos alemanes, habrían condenado la economía por la sola razón de que Bentham y los Mill habían contribuido a ella.
La esterilidad de Alemania en el campo de la economía
Las universidades alemanas eran propiedad de los distintos reinos y grandes ducados que formaban el Reich, y eran administradas por ellos.5 Los profesores eran funcionarios públicos y, como tales, tenían que obedecer estrictamente las órdenes y los reglamentos dictados por sus superiores, los burócratas de los ministerios de instrucción pública. Esta subordinación total e incondicional de las universidades y de su enseñanza a la supremacía de los gobiernos fue impugnada —en vano— por la opinión pública liberal alemana, cuando en 1837 el Rey de Hanóver destituyó a siete profesores de la Universidad de Gotinga que habían protestado contra la violación de la constitución por parte del Rey. Los gobiernos no atendieron la reacción del público. Siguieron destituyendo a profesores con cuyas doctrinas políticas o religiosas no estaban de acuerdo. Pero al cabo de algún tiempo recurrieron a métodos más sutiles y más eficaces para hacer de los profesores leales partidarios de la política oficial. Cribaban escrupulosamente a los candidatos antes de nombrarlos. Solo los hombres de confianza obtenían las cátedras. Así, la cuestión de la libertad académica pasó a un segundo plano. Los profesores, por su propia voluntad, enseñaban únicamente lo que el gobierno les permitía enseñar.
La guerra de 1866 había puesto fin al conflicto constitucional prusiano. El partido del Rey —el partido Conservador de los Junkers, dirigido por Bismarck— triunfó sobre el partido Progresista prusiano, que defendía el gobierno parlamentario, y asimismo sobre los grupos democráticos de la Alemania meridional. En el nuevo marco político, primero del Norddeutscher Bund y, después de 1871, del Deutsches Reich, no quedó lugar para las doctrinas «ajenas» del manchesterismo y del laissez faire. Los vencedores de Königgrätz y de Sedán creían que no tenían nada que aprender de la «nación de tenderos» —los británicos— ni de los franceses derrotados.
Al estallar la guerra de 1870, uno de los más eminentes científicos alemanes, Emil du Bois-Reymond, se jactó de que la Universidad de Berlín era «la guardia personal intelectual de la Casa de Hohenzollern». Esto no significaba gran cosa para las ciencias naturales. Pero tenía un significado muy claro y preciso para las ciencias de la acción humana. Los titulares de las cátedras de historia y de Staatswissenschaften (es decir, la ciencia política, incluido todo lo referente a la economía y las finanzas) sabían lo que su soberano esperaba de ellos. Y entregaban la mercancía.
De 1882 a 1907, Friedrich Althoff estuvo en el ministerio de instrucción prusiano a cargo de los asuntos universitarios. Gobernó las universidades prusianas como un dictador. Como Prusia contaba con el mayor número de cátedras lucrativas y ofrecía, por tanto, el campo más favorable para los eruditos ambiciosos, los profesores de los demás estados alemanes, e incluso los de Austria y Suiza, aspiraban a asegurarse puestos en Prusia. Así, Althoff podía, por regla general, lograr que también ellos aceptasen prácticamente sus principios y sus opiniones. En todos los asuntos relativos a las ciencias sociales y a las disciplinas históricas, Althoff se apoyaba enteramente en el consejo de su amigo Gustav von Schmoller. Schmoller tenía un olfato infalible para separar las ovejas de las cabras.
En el segundo y el tercer cuarto del siglo XIX algunos profesores alemanes escribieron valiosas contribuciones a la teoría económica. Es cierto que las contribuciones más notables de este período, las de Thünen y las de Gossen, no fueron obra de profesores, sino de hombres que no ocupaban puestos docentes. No obstante, los libros de los profesores Hermann, Mangoldt y Knies serán recordados en la historia del pensamiento económico. Pero después de 1866, los hombres que emprendieron la carrera académica solo sentían desprecio por las «abstracciones exangües». Publicaban estudios históricos, de preferencia los que trataban de las condiciones laborales del pasado reciente. Muchos de ellos estaban firmemente convencidos de que la tarea primordial de los economistas era ayudar al «pueblo» en la guerra de liberación que libraba contra los «explotadores», y de que los líderes del pueblo dados por Dios eran las dinastías, especialmente los Hohenzollern.
3. El Methodenstreit
En las Untersuchungen, Menger rechazó las ideas epistemológicas que subyacían a los escritos de la Escuela Histórica. Schmoller publicó una reseña más bien despectiva de este libro. Menger reaccionó, en 1884, con un panfleto, Die Irrtümer des Historismus in der Deutschen Nationalökonomie. Las diversas publicaciones que esta controversia engendró se conocen con el nombre de Methodenstreit, la disputa sobre los métodos.
El Methodenstreit contribuyó poco a la clarificación de los problemas en juego. Menger estaba demasiado sometido al influjo del empirismo de John Stuart Mill como para llevar su propio punto de vista a sus plenas consecuencias lógicas. Schmoller y sus discípulos, comprometidos a defender una posición insostenible, ni siquiera advertían de qué trataba la controversia.
El término Methodenstreit es, desde luego, engañoso. Pues la cuestión no era descubrir el procedimiento más apropiado para el tratamiento de los problemas comúnmente considerados como problemas económicos. Lo que estaba en disputa era esencialmente si podía existir tal cosa como una ciencia, distinta de la historia, que se ocupara de aspectos de la acción humana.
Estaba, en primer lugar, el determinismo materialista radical, una filosofía aceptada por entonces casi universalmente en Alemania por físicos, químicos y biólogos, aunque nunca había sido formulada de manera expresa y clara. Tal como lo veían estas personas, las ideas, las voliciones y las acciones humanas son producidas por sucesos físicos y químicos que las ciencias naturales describirán algún día del mismo modo en que hoy describen el surgimiento de un compuesto químico a partir de la combinación de varios ingredientes. Como único camino que podía conducir a este logro científico definitivo, propugnaban la experimentación en laboratorios fisiológicos y biológicos.
Schmoller y sus discípulos rechazaban apasionadamente esta filosofía, no porque fueran conscientes de sus deficiencias, sino porque era incompatible con los dogmas religiosos del Gobierno prusiano. En la práctica preferían a ella una doctrina que se diferenciaba poco del positivismo de Comte (al cual, por supuesto, denigraban públicamente a causa de su ateísmo y de su origen francés). De hecho, el positivismo, sensatamente interpretado, debe desembocar en el determinismo materialista. Pero la mayoría de los seguidores de Comte no eran explícitos en este punto. Sus discusiones no siempre excluían la conclusión de que las leyes de la física social (la sociología), cuyo establecimiento era en su opinión la meta más alta de la ciencia, podían descubrirse mediante lo que llamaban un método más «científico» de tratar el material reunido por los procedimientos tradicionales de los historiadores. Esta fue la posición que Schmoller abrazó con respecto a la economía. Una y otra vez reprochaba a los economistas haber extraído prematuramente inferencias de un material cuantitativamente insuficiente. Lo que, en su opinión, hacía falta para sustituir las apresuradas generalizaciones de los economistas británicos «de gabinete» por una ciencia económica realista era más estadística, más historia y más recopilación de «material». A partir de los resultados de tal investigación, sostenía, los economistas del futuro desarrollarían algún día nuevos conocimientos por «inducción».
Schmoller estaba tan confundido que no llegó a ver la incompatibilidad entre su propia doctrina epistemológica y el rechazo del ataque del positivismo a la historia. No advertía el abismo que separaba sus puntos de vista de los de los filósofos alemanes que demolieron las ideas del positivismo sobre el uso y el tratamiento de la historia: primero Dilthey y, más tarde, Windelband, Rickert y Max Weber. En el mismo artículo en que censuraba los Grundsätze de Menger reseñó también el primer libro importante de Dilthey, su Einleitung in die Geisteswissenschaften. Pero no captó el hecho de que el espíritu de la doctrina de Dilthey suponía la aniquilación de la tesis fundamental de su propia epistemología, a saber, que algunas leyes del desarrollo social podían destilarse de la experiencia histórica.
4. Los aspectos políticos del Methodenstreit
La filosofía británica del libre comercio triunfó en el siglo XIX en los países de Europa occidental y central. Demolió la endeble ideología del Estado de bienestar autoritario (landesfürstlicher Wohlfahrtsstaat) que había guiado las políticas de los principados alemanes en el siglo XVIII. Incluso Prusia se volvió temporalmente hacia el liberalismo. Los puntos culminantes de su período de libre comercio fueron el arancel aduanero del Zollverein de 1865 y el Código de Comercio (Gewerbeordnung) de 1869 para el territorio del Norddeutscher Bund (más tarde el Deutsches Reich). Pero muy pronto el gobierno de Bismarck comenzó a inaugurar su Sozialpolitik, el sistema de medidas intervencionistas tales como la legislación laboral, la seguridad social, las actitudes pro sindicales, la tributación progresiva, los aranceles protectores, los cárteles y el dumping.3
Si se intenta refutar la devastadora crítica que la economía dirige contra la idoneidad de todos estos esquemas intervencionistas, uno se ve obligado a negar la existencia misma —por no hablar de las pretensiones epistemológicas— de una ciencia de la economía, y también de la praxeología. Esto es lo que siempre han hecho todos los defensores del autoritarismo, de la omnipotencia del Estado y de las políticas de «bienestar». Reprochan a la economía ser «abstracta» y abogan por un modo «intuitivo» (anschaulich) de abordar los problemas implicados. Subrayan que las cuestiones de este campo son demasiado complicadas para ser descritas mediante fórmulas y teoremas. Afirman que las diversas naciones y razas difieren tanto entre sí que sus acciones no pueden ser comprendidas por una teoría uniforme; se requieren tantas teorías económicas como naciones y razas hay. Otros añaden que, incluso dentro de la misma nación o raza, la acción económica es distinta en las diversas épocas de la historia. Estas y otras objeciones similares, a menudo incompatibles entre sí, se esgrimen con el fin de desacreditar a la economía como tal.
De hecho, la economía desapareció por completo de las universidades del Imperio alemán. Quedaba un solitario epígono de la economía clásica en la Universidad de Bonn, Heinrich Dietzel, quien, sin embargo, nunca comprendió lo que significaba la teoría del valor subjetivo. En todas las demás universidades, los profesores se afanaban en ridiculizar a la economía y a los economistas. No vale la pena detenerse en el material que se transmitía como sustituto de la economía en Berlín, Múnich y otras universidades del Reich. Hoy a nadie le importa todo lo que Gustav von Schmoller, Adolf Wagner, Lujo Brentano y sus numerosos adeptos escribieron en sus voluminosos libros y revistas.
El significado político de la obra de la Escuela Histórica consistió en el hecho de que volvió a Alemania propicia para las ideas cuya aceptación hizo populares entre el pueblo alemán todas aquellas políticas desastrosas que desembocaron en las grandes catástrofes. El imperialismo agresivo que dos veces terminó en guerra y derrota, la inflación ilimitada de comienzos de los años veinte, la Zwangswirtschaft y todos los horrores del régimen nazi fueron logros de políticos que actuaron tal como les habían enseñado los defensores de la Escuela Histórica.
Schmoller y sus amigos y discípulos abogaban por lo que se ha llamado socialismo de Estado; es decir, un sistema de socialismo —de planificación— en el que la dirección suprema estaría en manos de la aristocracia de los Junker. Era esta clase de socialismo a la que aspiraban Bismarck y sus sucesores. La tímida oposición que encontraron por parte de un pequeño grupo de empresarios fue insignificante, no tanto por el hecho de que estos opositores no fueran numerosos, sino porque sus esfuerzos carecían de todo respaldo ideológico. Ya no quedaban pensadores liberales en Alemania. La única resistencia que se ofreció al partido del socialismo de Estado provino del partido marxista de los socialdemócratas. Al igual que los socialistas de Schmoller —los socialistas de cátedra (Kathedersozialisten)—, los marxistas abogaban por el socialismo. La única diferencia entre ambos grupos residía en la elección de las personas que debían operar la junta suprema de planificación: los Junker, los profesores y la burocracia de la Prusia de los Hohenzollern, o los dirigentes del partido socialdemócrata y sus sindicatos afiliados.
Así, los únicos adversarios serios que la Escuela de Schmoller tuvo que combatir en Alemania fueron los marxistas. En esta controversia, estos últimos muy pronto llevaron la ventaja. Pues al menos tenían un cuerpo de doctrina, por defectuoso y contradictorio que fuera, mientras que las enseñanzas de la Escuela Histórica eran más bien la negación de toda teoría. En busca de un mínimo de apoyo teórico, la Escuela de Schmoller comenzó, paso a paso, a tomar prestado del acervo espiritual de los marxistas. Finalmente, el propio Schmoller suscribió en buena medida la doctrina marxista del conflicto de clases y de la impregnación «ideológica» del pensamiento por la pertenencia de clase del pensador. Uno de sus amigos y colegas de cátedra, Wilhelm Lexis, desarrolló una teoría del interés que Engels caracterizó como una paráfrasis de la teoría marxista de la explotación.6 Fue efecto de los escritos de los defensores de la Sozialpolitik que el epíteto «burgués» (bürgerlich) adquiriera en la lengua alemana una connotación oprobiosa.
La aplastante derrota en la Primera Guerra Mundial quebrantó el prestigio de los príncipes, aristócratas y burócratas alemanes. Los adeptos de la Escuela Histórica y de la Sozialpolitik trasladaron su lealtad a diversos grupos escindidos, de los cuales acabó surgiendo el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, los nazis.
La línea recta que conduce de la obra de la Escuela Histórica al nazismo no puede mostrarse trazando la evolución de uno de los fundadores de la Escuela. Pues los protagonistas de la época del Methodenstreit habían concluido el curso de sus vidas antes de la derrota de 1918 y del ascenso de Hitler. Pero la vida del hombre más destacado de la segunda generación de la Escuela ilustra todas las fases de la economía universitaria alemana en el período que va de Bismarck a Hitler.
Werner Sombart fue con mucho el más dotado de los alumnos de Schmoller. Tenía apenas veinticinco años cuando su maestro, en el apogeo del Methodenstreit, le encomendó la tarea de reseñar y aniquilar el libro de Wieser, Der natürliche Wert. El fiel discípulo condenó el libro como «enteramente insostenible».⁶ Veinte años después, Sombart se jactaba de haber dedicado buena parte de su vida a luchar por Marx.7 Cuando estalló la guerra en 1914, Sombart publicó un libro, Händler und Helden (Mercaderes y héroes).8 Allí, en un lenguaje tosco y soez, rechazaba todo lo británico o anglosajón, pero sobre todo la filosofía y la economía británicas, como manifestación de una mezquina mentalidad de chalán. Tras la guerra, Sombart revisó su libro sobre el socialismo. Antes de la guerra se había publicado en nueve ediciones.⁹ Mientras que las ediciones de antes de la guerra habían ensalzado el marxismo, la décima edición lo atacaba fanáticamente, en especial a causa de su carácter «proletario» y de su falta de patriotismo y de nacionalismo. Pocos años después, Sombart intentó revivir el Methodenstreit con un volumen lleno de invectivas contra economistas cuyo pensamiento era incapaz de comprender.9 Luego, cuando los nazis tomaron el poder, coronó una carrera literaria de cuarenta y cinco años con un libro sobre el socialismo alemán. La idea rectora de esta obra era que el Führer recibe sus órdenes de Dios, el Führer supremo del universo, y que el Führertum es una revelación permanente.10
Tal fue el progreso de la economía académica alemana desde la glorificación que Schmoller hizo de los electores y reyes Hohenzollern hasta la canonización que Sombart hizo de Adolf Hitler.
5. El liberalismo de los economistas austriacos
Platón soñó con el tirano benevolente que confiaría al sabio filósofo el poder de establecer el sistema social perfecto. La Ilustración no cifró sus esperanzas en el surgimiento más o menos accidental de gobernantes bienintencionados y de sabios providentes. Su optimismo respecto del futuro de la humanidad se fundaba en la doble fe en la bondad del hombre y en su mente racional. En el pasado, una minoría de malvados —reyes deshonestos, sacerdotes sacrílegos, nobles corruptos— pudo causar estragos. Pero ahora —según la doctrina de la Ilustración—, una vez que el hombre ha tomado conciencia del poder de su razón, ya no hay que temer una recaída en las tinieblas y los defectos de las épocas pasadas. Cada nueva generación añadirá algo al bien realizado por sus antepasados. Así, la humanidad se halla en vísperas de un avance continuo hacia condiciones más satisfactorias. Progresar de manera constante es la naturaleza del hombre. Es vano lamentarse por la supuesta dicha perdida de una fabulosa edad de oro. El estado ideal de la sociedad está ante nosotros, no a nuestras espaldas.
La mayoría de los políticos liberales, progresistas y democráticos del siglo XIX que abogaban por el gobierno representativo y el sufragio universal se guiaban por una firme confianza en la infalibilidad de la mente racional del hombre común. A sus ojos, las mayorías no podían errar. Las ideas que se originaban en el pueblo y eran aprobadas por los votantes no podían sino ser beneficiosas para el bien común.
Es importante advertir que los argumentos esgrimidos en favor del gobierno representativo por el pequeño grupo de filósofos liberales eran muy distintos y no implicaban referencia alguna a una supuesta infalibilidad de las mayorías. Hume había señalado que el gobierno se funda siempre en la opinión. A la larga, la opinión de los muchos siempre acaba imponiéndose. Un gobierno que no está sostenido por la opinión de la mayoría tarde o temprano ha de perder su poder; si no abdica, los muchos lo derriban por la violencia. Los pueblos tienen el poder de poner finalmente al timón a aquellos hombres dispuestos a gobernar conforme a los principios que la mayoría considera adecuados. A la larga, no existe tal cosa como un gobierno impopular que mantenga un sistema que la multitud condena como injusto. La razón de ser del gobierno representativo no es que las mayorías sean semejantes a Dios e infalibles. Es el propósito de lograr por métodos pacíficos el ajuste, en última instancia inevitable, del sistema político y de los hombres que operan su mecanismo de mando a la ideología de la mayoría. Los horrores de la revolución y de la guerra civil pueden evitarse si un gobierno mal visto puede ser desalojado sin sobresaltos en las próximas elecciones.
Los verdaderos liberales sostenían con firmeza que la economía de mercado, el único sistema económico que garantiza una mejora progresiva y constante del bienestar material de la humanidad, solo puede funcionar en una atmósfera de paz no perturbada. Abogaban por el gobierno de los representantes electos del pueblo porque daban por sentado que solo este sistema preservaría duraderamente la paz tanto en los asuntos internos como en los externos.
Lo que separaba a estos verdaderos liberales de la ciega adoración de las mayorías propia de los autodenominados radicales era que fundaban su optimismo respecto del futuro de la humanidad no en la mística confianza en la infalibilidad de las mayorías, sino en la creencia de que el poder de un argumento lógico sólido es irresistible. No dejaban de ver que la inmensa mayoría de los hombres comunes son demasiado torpes y demasiado indolentes para seguir y asimilar largas cadenas de razonamiento. Pero esperaban que estas masas, precisamente a causa de su torpeza e indolencia, no pudieran menos que suscribir las ideas que los intelectuales les llevaran. Del juicio sensato de la minoría culta y de su capacidad para persuadir a la mayoría esperaban los grandes dirigentes del movimiento liberal del siglo XIX la mejora constante de los asuntos humanos.
En este aspecto había pleno acuerdo entre Carl Menger y sus dos primeros seguidores, Wieser y Böhm-Bawerk. Entre los papeles inéditos de Menger, el profesor Hayek descubrió una nota que reza: «No hay mejor medio de poner de manifiesto el absurdo de un modo de razonar que dejarlo seguir su curso completo hasta el final». A los tres les gustaba referirse a la argumentación de Spinoza en el primer libro de su Ética, que culmina en el célebre dictamen: «Sane sicut lux se ipsam et tenebras manifestat, sic veritas norma sui et falsi». Contemplaban con calma la apasionada propaganda tanto de la Escuela Histórica como del marxismo. Estaban plenamente convencidos de que los dogmas lógicamente indefendibles de estas facciones acabarían siendo rechazados por todos los hombres razonables precisamente a causa de su absurdo, y de que las masas de hombres comunes seguirían necesariamente la guía de los intelectuales.11
La sensatez de este modo de argumentar se aprecia en la evitación de la práctica popular de contraponer una supuesta psicología al razonamiento lógico. Es cierto que con frecuencia los errores en el razonamiento son causados por la disposición del individuo a preferir una conclusión errónea a la correcta. Hay incluso multitudes de personas a quienes sus afectos sencillamente les impiden pensar con rectitud. Pero hay un largo trecho desde la constatación de estos hechos hasta las doctrinas que en la última generación se enseñaron bajo el rótulo de «sociología del conocimiento». El pensamiento y el razonamiento humanos, la ciencia y la técnica humanas, son producto de un proceso social en la medida en que el pensador individual se enfrenta tanto a los logros como a los errores de sus predecesores y entabla con ellos una discusión virtual, ya sea asintiendo o disintiendo. Es posible que la historia de las ideas haga comprensibles tanto los fallos de un hombre como sus hazañas analizando las condiciones bajo las cuales vivió y trabajó. Solo en este sentido es lícito referirse a lo que se denomina el espíritu de una época, de una nación, de un medio. Pero se incurre en un razonamiento circular si se intenta explicar el surgimiento de una idea, y menos aún justificarla, remitiéndose al entorno de su autor. Las ideas brotan siempre de la mente de un individuo, y la historia no puede decir de ellas nada más sino que fueron engendradas en un instante determinado del tiempo por un individuo determinado. No hay otra excusa para el pensamiento erróneo de un hombre que la que cierto Gobierno austriaco declaró en una ocasión a propósito del caso de un general derrotado: que nadie es responsable de no ser un genio. La psicología puede ayudarnos a explicar por qué un hombre fracasó en su pensamiento. Pero ninguna explicación de ese tipo puede convertir en verdad lo que es falso.
Los economistas austriacos rechazaron sin condiciones el relativismo lógico implícito en las enseñanzas de la Escuela Histórica prusiana. Frente a las declaraciones de Schmoller y sus seguidores, sostuvieron que existe un cuerpo de teoremas económicos que son válidos para toda acción humana con independencia del tiempo y el lugar, de las características nacionales y raciales de los actores y de sus ideologías religiosas, filosóficas y éticas.
No es posible sobreestimar la grandeza del servicio que estos tres economistas austriacos prestaron al defender la causa de la economía contra la vana crítica del Historicismo. No infirieron de sus convicciones epistemológicas ningún optimismo acerca de la evolución futura de la humanidad. Cuanto pueda decirse en favor del pensamiento lógico correcto no prueba que las generaciones venideras de los hombres vayan a superar a sus antepasados en esfuerzo y logros intelectuales. La historia muestra que una y otra vez a periodos de prodigiosas realizaciones mentales siguieron periodos de decadencia y retroceso. No sabemos si la próxima generación engendrará personas capaces de continuar por las vías de los genios que hicieron tan gloriosos los últimos siglos. No sabemos nada de las condiciones biológicas que permiten a un hombre dar un paso adelante en la marcha del progreso intelectual. No podemos descartar la suposición de que tal vez haya límites al ulterior ascenso intelectual del hombre. Y, desde luego, no sabemos si en este ascenso no hay un punto más allá del cual los líderes intelectuales ya no consigan convencer a las masas y hacer que sigan su guía.
La inferencia que los economistas austriacos extrajeron de estas premisas fue que, si bien es deber de una mente pionera hacer todo cuanto sus facultades le permitan llevar a cabo, no le incumbe hacer propaganda de sus ideas, y menos aún emplear métodos cuestionables para hacer sus pensamientos gratos a la gente. No les preocupaba la difusión de sus escritos. Menger no publicó una segunda edición de sus famosos Grundsätze, aunque el libro hacía tiempo que estaba agotado, los ejemplares de segunda mano se vendían a precios elevados y el editor le instaba una y otra vez a consentir.
La preocupación principal y única de los economistas austriacos era contribuir al progreso de la economía. Nunca intentaron ganarse el apoyo de nadie por otros medios que no fueran la fuerza convincente desplegada en sus libros y artículos. Miraban con indiferencia el hecho de que las universidades de los países de lengua alemana, incluso muchas de las universidades austriacas, fueran hostiles a la economía como tal y todavía más a las nuevas doctrinas económicas del subjetivismo.
La «Escuela austriaca» y Austria
Cuando los profesores alemanes adosaron el epíteto «austriaca» a las teorías de Menger y sus dos primeros seguidores y continuadores, lo hacían en sentido peyorativo. Tras la batalla de Königgrätz, la calificación de algo como austriaco tuvo siempre tal coloración en Berlín, aquel «cuartel general del Geist», como lo llamaba con sorna Herbert Spencer.12 Pero el desprestigio pretendido se volvió contra sus autores. Muy pronto la designación «la Escuela austriaca» se hizo famosa en todo el mundo.
Por supuesto, la práctica de adosar una etiqueta nacional a una corriente de pensamiento es necesariamente engañosa. Solo muy pocos austriacos —y, dicho sea de paso, no austriacos— sabían algo de economía, y aún menor era el número de aquellos austriacos a quienes cabría llamar economistas, por generoso que se fuera al conferir tal apelativo. Además, había entre los economistas austriacos algunos que no trabajaban según las líneas que se denominaban la «Escuela austriaca»; los más conocidos entre ellos fueron los matemáticos Rudolf Auspitz y Richard Lieben, y más tarde Alfred Amonn y Josef Schumpeter. Por otra parte, el número de economistas extranjeros que se aplicaban a la continuación de la obra inaugurada por los «austriacos» iba en constante aumento. Al principio sucedía a veces que los empeños de estos economistas británicos, estadounidenses y de otros países no austriacos topaban con la oposición en sus propios países y que sus críticos los llamaban irónicamente «austriacos». Pero al cabo de algunos años todas las ideas esenciales de la Escuela austriaca fueron, en términos generales, aceptadas como parte integrante de la teoría económica. Hacia la época del fallecimiento de Menger (1921) ya no se distinguía entre una Escuela austriaca y la demás economía. El apelativo «Escuela austriaca» pasó a ser el nombre dado a un importante capítulo de la historia del pensamiento económico; dejó de ser el nombre de una secta específica con doctrinas distintas de las sostenidas por otros economistas.
Hubo, por supuesto, una excepción. La interpretación de las causas y el curso del ciclo económico que el autor de estas líneas ofreció, primero en su Theory of Money and Credit13 y finalmente en su tratado Acción humana,14 bajo el nombre de Teoría Monetaria o del Crédito de Circulación del ciclo económico, fue llamada por algunos autores la Teoría Austriaca del ciclo económico. Como todas las etiquetas nacionales de esta clase, también esta es objetable. La Teoría del Crédito de Circulación es una continuación, ampliación y generalización de ideas desarrolladas primero por la Escuela Monetaria británica (Currency School) y de algunas adiciones que les hicieron economistas posteriores, entre ellos también el sueco Knut Wicksell.
Puesto que ha resultado inevitable referirse a la etiqueta nacional «la Escuela austriaca», cabe añadir unas palabras sobre el grupo lingüístico al que pertenecían los economistas austriacos. Menger, Böhm-Bawerk y Wieser eran austriacos alemanes; su lengua era el alemán y escribieron sus libros en alemán. Lo mismo vale para sus discípulos más eminentes: Johann von Komorzynski, Hans Mayer, Robert Meyer, Richard Schiffler, Richard von Strigl y Robert Zuckerkandl. En este sentido, la obra de la «Escuela austriaca» es un logro de la filosofía y la ciencia alemanas. Pero entre los discípulos de Menger, Böhm-Bawerk y Wieser había también austriacos no alemanes. Dos de ellos se distinguieron por contribuciones eminentes: los checos Franz Cuhel y Karel Englis.
La significación histórica del Methodenstreit
El peculiar estado de las condiciones ideológicas y políticas alemanas en el último cuarto del siglo XIX engendró el conflicto entre dos escuelas de pensamiento del que surgieron el Methodenstreit y el apelativo «Escuela austriaca». Pero el antagonismo que se manifestó en este debate no se circunscribe a un periodo o país determinados. Es perenne. Tal como es la naturaleza humana, resulta inevitable en cualquier sociedad en la que la división del trabajo y su corolario, el intercambio en el mercado, hayan alcanzado tal intensidad que la subsistencia de cada cual dependa de la conducta de los demás. En una sociedad así, todos son servidos por sus semejantes y, a su vez, los sirven. Los servicios se prestan de manera voluntaria: para lograr que un semejante haga algo por mí, he de ofrecerle algo que él prefiera a abstenerse de hacer ese algo. Todo el sistema descansa sobre esta voluntariedad de los servicios intercambiados. Inexorables condiciones naturales impiden al hombre entregarse a un disfrute despreocupado de su existencia. Pero su integración en la comunidad de la economía de mercado es espontánea, fruto de la comprensión de que no hay para él mejor método de supervivencia ni, dicho sea de paso, ningún otro.
Sin embargo, el sentido y el alcance de esta espontaneidad solo son captados por los economistas. Todos aquellos que no están familiarizados con la economía, es decir, la inmensa mayoría, no ven razón alguna por la que no debieran, mediante la fuerza, coaccionar a otras personas para que hagan lo que esas personas no están dispuestas a hacer por su propia voluntad. Que el aparato de coacción física al que se recurre en tales empeños sea el del poder de policía del gobierno o una fuerza ilegal de «piquetes» cuya violencia el gobierno tolera, no establece diferencia alguna. Lo que importa es la sustitución de la acción voluntaria por la coacción.
Debido a una determinada constelación de condiciones políticas que podría calificarse de accidental, el rechazo de la filosofía de la cooperación pacífica fue, en la época moderna, desarrollado por primera vez en una doctrina completa por súbditos del Estado prusiano. Las victorias en las tres guerras de Bismarck habían embriagado a los eruditos alemanes, la mayoría de los cuales eran servidores del gobierno. Algunos consideraban un hecho característico que la adopción de las ideas de la escuela de Schmoller fuera más lenta en los países cuyos ejércitos habían sido derrotados en 1866 y 1870. Es, por supuesto, absurdo buscar conexión alguna entre el surgimiento de la teoría económica austríaca y las derrotas, fracasos y frustraciones del régimen de los Habsburgo. Con todo, el hecho de que las universidades estatales francesas se mantuvieran apartadas del historicismo y la Sozialpolitik durante más tiempo que las de otras naciones se debió ciertamente, al menos en alguna medida, a la etiqueta prusiana adherida a estas doctrinas. Pero esta demora tuvo escasa importancia práctica. Francia, como todos los demás países, se convirtió en un bastión del intervencionismo y proscribió la economía.
La culminación filosófica de las ideas que glorifican la injerencia del gobierno, es decir, la acción de los agentes armados, fue alcanzada por Nietzsche y por Georges Sorel. Acuñaron la mayoría de las consignas que guiaron las carnicerías del bolchevismo, el fascismo y el nazismo. Los intelectuales que ensalzan las delicias del asesinato, los escritores que abogan por la censura, los filósofos que juzgan los méritos de pensadores y autores no según el valor de sus contribuciones, sino según sus logros en los campos de batalla,15 son los guías espirituales de nuestra era de contienda perpetua. ¡Qué espectáculo ofrecieron aquellos autores y profesores estadounidenses que atribuían el origen de la independencia política y la constitución de su propia nación a una hábil maquinación de los «intereses» y que dirigían miradas anhelantes al paraíso soviético de Rusia!
La grandeza del siglo XIX consistió en el hecho de que, en cierta medida, las ideas de la economía clásica se convirtieron en la filosofía dominante del Estado y de la sociedad. Transformaron la tradicional sociedad estamental en naciones de ciudadanos libres, el absolutismo regio en gobierno representativo y, sobre todo, la pobreza de las masas bajo el ancien régime en el bienestar de la mayoría bajo el laissez faire capitalista. Hoy la reacción del estatismo y del socialismo está minando los cimientos de la civilización y el bienestar occidentales. Acaso tengan razón quienes afirman que es demasiado tarde para impedir el triunfo final de la barbarie y la destrucción. Sea como fuere, una cosa es cierta. La sociedad, es decir, la cooperación pacífica de los hombres bajo el principio de la división del trabajo, solo puede existir y funcionar si adopta políticas que el análisis económico declara aptas para alcanzar los fines perseguidos. La peor ilusión de nuestra época es la confianza supersticiosa depositada en panaceas que —como los economistas han demostrado irrefutablemente— son contrarias a su propósito.
Los gobiernos, los partidos políticos, los grupos de presión y los burócratas de la jerarquía educativa creen poder evitar las consecuencias inevitables de medidas inadecuadas boicoteando y silenciando a los economistas independientes. Pero la verdad persiste y obra, aun cuando no quede nadie para enunciarla.
Notes
Footnotes
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Cf. H. Oswalt, Vorträge über wirtschaftliche Grundbegriffe, 3rd ed. (Jena, 1920). ↩
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Cf. Mises, Human Action, 3rd Edition (1966), pp. 716–861. ↩
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Cf. Mises, Omnipotent Government (Yale University Press, 1944), pp. 149 ss. ↩ ↩2
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Más tarde se emplearon argumentos similares para desacreditar el pragmatismo. La sentencia de William James según la cual el método pragmático aspira a extraer de cada palabra «su valor práctico en metálico» (Pragmatism, 1907, p. 53) fue citada para caracterizar la mezquindad de la «filosofía del dólar». ↩
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El propio Reich poseía y operaba únicamente la Universidad de Estrasburgo. Las tres ciudades-república alemanas no tenían en aquel periodo ninguna universidad. ↩
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Cf. el análisis más detallado en Mises, Kritik des interventionismus, (Jena, 1929), pp. 92 ss. ↩
-
Cf. Sombart, Das Lebenswerk von Karl Marx (Jena, 1909), p. 3. ↩
-
Cf. Sombart, Händler und Helden (Múnich, 1915). ↩
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Cf. Sombart, Die drei Nationalökonomien (Múnich, 1930). ↩
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Cf. Sombart, Deutscher Sozialismus (Charlottenburg, 1934), p. 213. (En la edición estadounidense: A New Social Philosophy, traducido y editado por K. F. Geiser, Princeton, 1937, p. 149.) Los logros de Sombart fueron apreciados en el extranjero. Así, por ejemplo, en 1929 fue elegido miembro honorario de la American Economic Association. ↩
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Conviene añadir que Menger, Böhm-Bawerk y Wieser contemplaban con el mayor pesimismo el futuro político del Imperio austriaco. Pero este problema no puede tratarse en el presente ensayo. ↩
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Cf. Herbert Spencer, The Study of Sociology, 9th edition (London, 1880), p. 217. ↩
-
Primera edición en lengua alemana 1912, segunda edición en lengua alemana 1924. Ediciones en lengua inglesa 1934 y 1953. ↩
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Yale University Press, 1949. ↩
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Cf. los pasajes citados por Julien Benda, La trahison des clercs (Paris, 1927), Nota 0, pp. 192–295. ↩