論文 · 奧地利學派 · 1959

Liberalismo

Liberalismo político

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1959
摘要

El artículo de enciclopedia traza la historia del liberalismo político desde sus inicios en la Inglaterra del siglo XVII hasta su renacimiento en el siglo XX. Hayek distingue dos corrientes: la tradición inglesa de los whigs, que define a partir de los tres principios de la libertad de opinión, el imperio de la ley y la propiedad privada, y el liberalismo racionalista de la Revolución francesa, que sustituye la confianza en el orden social desarrollado de manera evolutiva por la confianza en un plan ideado por la razón. Un apartado propio trata el breve liberalismo político en Alemania y su decadencia bajo Bismarck. La parte final describe el ocaso del liberalismo hasta la Primera Guerra Mundial y su reanimación por autores como Mises, Lippmann, Röpke y Eucken, cuyo nuevo liberalismo subraya la conexión entre el orden económico y el orden político. Este artículo del Handwörterbuch der Sozialwissenschaften (1959) constituye la exposición anterior y concisa de Hayek; en 1973 redactó para la Enciclopedia del Novecento una versión inglesa independiente y notablemente ampliada («Liberalism»), que no es una traducción de este artículo, sino un tratamiento posterior y más detallado del tema.

第 1. 章

La tradición liberal de los whigs

Aunque las raíces intelectuales del liberalismo político se remontan a la Antigüedad clásica y sus ideales reaparecen con el Renacimiento en Italia, el comienzo de su desarrollo continuo difícilmente puede situarse antes de la Inglaterra del siglo XVII. Allí y en Holanda, la actitud espiritual que ya se manifestaba en los escritos de hombres como Erasmo y Montaigne encontró por primera vez su expresión en movimientos políticos; y aunque en algunos aspectos el desarrollo en Holanda quizá haya precedido cronológicamente, los acontecimientos y debates en Inglaterra tuvieron un efecto de tan largo alcance (y es además todavía demasiado incierto el influjo del desarrollo en los Países Bajos) que las luchas políticas en Inglaterra entre 1603 y 1688 deben considerarse como la verdadera fuente de la idea moderna y liberal del Estado. Fue luego el partido de la exitosa "Gloriosa Revolución" de 1688, los whigs, el que hasta la Revolución francesa siguió siendo el portador de estos ideales, que hallaron su expresión clásica en las obras de John Locke, fueron elaborados teóricamente por los filósofos sociales escoceses desde David Hume hasta Dugald Stewart y finalmente alcanzaron amplia difusión a través de sus discípulos, sobre todo en la »Edinburgh Review«.

El complejo de ideales que caracterizaba esta tradición puede resumirse del modo más adecuado bajo los tres principios estrechamente relacionados de la "libertad de opinión", el "imperio de la ley" y la "propiedad privada", así como de la economía de competencia vinculada a ellos.

De estos tres principios, el de la libertad de opinión es en más de un sentido el más importante. Tanto la convicción de que solo la libre discusión conduce a la superación gradual del error y de que también aquello que hoy aparece a la gran mayoría (o incluso a los "expertos") como un error indudable puede llevar en sí el germen de un futuro conocimiento nuevo, como la comprensión vinculada a ella del poder de las ideas como la fuerza decisiva que da forma a la sociedad, son sin duda los elementos más característicos y de mayor alcance de la tradición liberal. Comenzando con la lucha por la libertad de religión y de conciencia (con Roger Williams en las colonias americanas como su más importante precursor temprano), el principio general se fue imponiendo poco a poco como libertad de prensa, libertad de palabra y de reunión, y como libertad académica de enseñanza. Desde las formulaciones clásicas de John Milton en el siglo XVII hasta la poco conocida, pero objetivamente acaso más satisfactoria, síntesis del argumento liberal de Samuel Bailey y más tarde de John Stuart Mill y Walter Bagehot, hubo en este terreno en Inglaterra un desarrollo continuo que la Europa continental solo recuperó en los estallidos explosivos de las revoluciones de 1789 y 1848. Su consecuencia más importante es la convicción, profundamente arraigada en los países de antigua tradición liberal, de que toda modificación del orden social debe ir precedida de un cambio en las opiniones dominantes, y de que, por tanto, todo movimiento de reforma con perspectivas de éxito ha de concebirse a largo plazo, y sobre todo de que, bajo prácticamente cualquier forma de gobierno, es en última instancia la opinión pública la que determina la política.

Apenas menos fundamental que este primer principio y estrechamente unido a él es el del imperio de la ley o del "Estado de derecho". Lo esencial aquí es la estricta vinculación de todo ejercicio del poder y la existencia de reglas firmes que excluyan toda arbitrariedad, reglas que se apliquen por igual a todos los miembros de la sociedad y que, en el caso concreto, vinculen a los gobiernos no menos que a los gobernados. El objetivo del principio es la eliminación de todos los privilegios creados por el ordenamiento jurídico, es decir, la igualdad formal ante la ley, y al mismo tiempo, como ya lo expresó John Locke con toda claridad, la disminución general del poder que los hombres ejercen sobre los hombres. En su base está el deseo de ampliar todo lo posible el ámbito de la libertad de decisión del individuo, de hacer las intervenciones del poder estatal lo más previsibles posible mediante la vinculación a reglas firmes y, a la vez, de limitarlas a aquellos casos en que no estén destinadas a favorecer a personas conocidas, sino a ofrecer oportunidades más favorables para todos, dejando, sin embargo, al individuo el uso que de ellas haga. No siempre se reconoce que este principio, en un principio puramente formal, encierra de hecho una limitación material muy amplia del alcance de la actividad estatal admisible: si el Estado debe tratar de igual modo a hombres distintos pese a sus distintas disposiciones y posiciones, el resultado tiene que ser desigual; y para asegurar, por ejemplo, las mismas oportunidades a personas desiguales en sus capacidades, tendría que tratarlas de modo desigual. Precisamente eso, sin embargo, lo excluye el principio de la igualdad ante la ley.

El tercer elemento básico es en parte una consecuencia y a la vez un presupuesto de los anteriores: el reconocimiento de la propiedad privada, en particular también sobre los medios de producción, y con ella de la responsabilidad propia del individuo respecto de su empleo y de la provisión para su propio sustento. "Life, Liberty, and Property" era la fórmula clásica de los ingleses amantes de la libertad de los siglos XVII y XVIII, e incluso el grupo socialmente más radical de la guerra civil inglesa, los "Levellers" (a menudo considerados injustamente como precursores del socialismo), hicieron de la inviolabilidad de la propiedad privada uno de sus puntos programáticos centrales. En efecto, la libertad de propiedad y de contrato está unida del modo más íntimo con el imperio de la ley: la una no es posible sin la otra. Pero la exigencia de libertad económica propiamente solo se planteó de manera consciente después de que su realización efectiva y de amplio alcance hubiera mostrado sus ventajas. La lucha contra los privilegios y por la limitación del poder del rey se había llevado a cabo en un principio en interés de la igualdad de derechos de los ciudadanos; y fue una consecuencia de ello que el influjo de la administración sobre la economía se redujera a un mínimo. Adam Smith, en el fondo, ya solo tuvo que abogar por la extensión al comercio exterior de un principio que en el interior regía ampliamente y con éxito, y mostrar además por qué la libertad económica se había revelado tan exitosa.

Es importante advertir que las doctrinas de este liberalismo más antiguo se extendían en lo esencial solo al objeto de la actividad estatal, pero no a la forma de gobierno. De su general aversión a todo empleo de la fuerza, tanto en el interior como en las relaciones exteriores de los Estados, se seguía sin duda que el liberalismo más antiguo, en la cuestión de quién debía ejercer el poder de gobierno, había de inclinarse por el único método conocido de una decisión pacífica, el de la decisión por mayoría: "Mejor contar las cabezas que romperlas." Pero en el fondo le importaba más reducir la importancia de las decisiones políticas que quién las ejercía.

第 2. 章

El liberalismo racionalista de la Revolución francesa

El liberalismo originariamente inglés no era en sí mismo ni democrático ni igualitario, ni tampoco le era propio el carácter agresivamente racionalista y antirreligioso que mostró más tarde el liberalismo de la Europa continental. Esta transformación está estrechamente ligada al influjo de los escritores franceses, que en el siglo XVIII primero (en la generación de Voltaire y Montesquieu) interpretaron las ideas inglesas para el continente y más tarde (en la generación de Jean-Jacques Rousseau y los fisiócratas) reconfiguraron constructivamente, según "principios de la razón", aquellos resultados de una larga experiencia política. En muchos aspectos, eso no significó mucho menos que una inversión de las ideas originarias. En lugar de la confianza en la fuerza creadora del libre desarrollo social apareció la confianza en el poder de un plan ideado por la razón. En lugar de la preocupación por la limitación del poder apareció la preocupación de que fuera ejercido desde el lugar correcto, con lo que toda limitación de ese poder parecía superflua, sin importar si la fuente de la razón que debía gobernar a todos se buscaba en una élite intelectual o en la sabiduría infalible de la mayoría. Y en lugar de la comprensión de que, bajo iguales condiciones formales, hombres (o familias) de desiguales dotes alcanzarían éxitos muy distintos y ocuparían, en consecuencia, posiciones distintas en la sociedad, apareció finalmente la exigencia de que el Estado tratara de modo desigual a los distintos hombres, a fin de corregir la desigualdad por lo demás inevitable.

Fueron las ideas de esta segunda clase de liberalismo, representada en primer lugar por nombres como los de Anne Robert Turgot, Antoine de Condorcet y Emanuel J. Sieyès, las que a través de la Revolución francesa no solo se hicieron predominantes en el continente europeo, sino que también ejercieron gran influjo en los países anglosajones. William Godwin, Joseph Priestley y Percy B. Shelley en Inglaterra, y Thomas Paine y Thomas Jefferson en América, pertenecen a esta tradición y no a la de los whigs; e incluso los utilitaristas, como Jeremy Bentham y James y John Stuart Mill, así como los radicales ingleses posteriores, están tan fuertemente influidos por ideas francesas [→Utilitarismo] que ocupan más bien una posición intermedia entre las dos tradiciones. En Alemania existió al principio cierta diferencia entre el liberalismo del sur de Alemania, influido sobre todo por autores franceses, en particular Henry-Benjamin Constant, y el del norte de Alemania, inspirado en mayor medida por Inglaterra. Pero, como en otras partes, también aquí, en el transcurso del siglo XIX, se mezclaron las dos tradiciones, ganando en conjunto la francesa un influjo cada vez mayor. Como representantes del tipo más antiguo pueden citarse aún, para el siglo XIX, Thomas B. Macaulay, Nassau William Senior y, sobre todo, John E. Acton y Alexis de Tocqueville.

Para el desarrollo del liberalismo continental en el siglo XIX fue decisiva y funesta su sucesiva unión con el movimiento democrático, el nacional y, finalmente, el socialista. El primero aportó un acervo de ideas ajeno, pero no incompatible; el segundo y, en especial, el tercero, en cambio, uno que contradecía sus ideas fundamentales. Hasta los años 1870 parecía como si, en conjunto, las ideas liberales fueran a imponerse. Pero con la guerra franco-alemana, la unificación nacional de Alemania e Italia, la crisis de 1873 y, finalmente, el giro de la política económica alemana bajo Bismarck en 1878, llegó el final.

En parte, este desarrollo se debe sin duda a la circunstancia de que, en la primera mitad del siglo XIX, el movimiento liberal en el continente representaba menos un programa político determinado que, de manera del todo general, "el progreso" frente a "la tradición", y por eso reunía en sí muchos elementos de suyo incompatibles; en parte, ha de atribuirse a la falta de una burguesía amplia y políticamente experimentada que hubiera podido asumir la dirección. Lo decisivo, sin embargo, fue probablemente que aquí, desde el principio, la idea de la "soberanía popular" desempeñó un papel tan central que el tránsito tanto al nacionalismo como al socialismo pudo realizarse con facilidad. El tiempo en que partidos liberales organizados dirigieron el gobierno fue breve en todos los grandes países del continente; y en conjunto, el liberalismo ejerció aquí su mayor efecto, probablemente, no como movimiento de partido, sino mediante la lenta penetración de la opinión pública. No obstante, ya en 1861 incluso Heinrich v. Treitschke tuvo que admitir que todo lo nuevo que el siglo XIX había creado era una obra del liberalismo.

第 3. 章

El liberalismo político en Alemania

En Alemania, en particular, el dominio del liberalismo político organizado fue especialmente breve. Fue el último gran país en el que este, en su avance desde el Oeste, llegó al poder, y el primero en el que comenzó el retroceso, que desde aquí avanzó hacia el Oeste. Ciertamente, en la primera mitad del siglo XIX el liberalismo tuvo en Alemania una importancia decisiva como movimiento intelectual, y tras las reformas de Stein y Hardenberg, impregnadas de espíritu liberal, el liberalismo (de cuño francés) siguió siendo, al menos en el suroeste de Alemania, en Baden y Wurtemberg, una fuerza política. Asimismo fue probablemente la potencia más fuerte en el Parlamento de Fráncfort de 1848, con el que apareció por primera vez el sistema de partidos en sentido moderno. Sin embargo, un partido propiamente liberal no aparece sino después de 1858, comienzo de la "Nueva Era" en Prusia. Con la fundación del "Congreso Económico" en ese mismo año y de la "Unión Nacional Alemana" por Rudolf v. Benningsen en 1859, el liberalismo obtuvo una base organizativa, y a partir de 1861 estuvo unido durante seis breves años en el "Partido Progresista Alemán". Pero ya con la escisión de este partido en febrero de 1867 comienza la decadencia y la tragedia del liberalismo alemán. Ni el grupo de izquierda, que siguió llamándose Partido Progresista, ni el nuevo "Partido Nacional-Liberal" eran ante todo liberales. El primero era principalmente democrático, y para el segundo el objetivo principal era la unificación de Alemania.

"Si comparamos el programa del Partido Progresista con el manifiesto electoral (que vale como programa) del Partido Nacional-Liberal, se hace evidente la diferencia en su posición: a) formulación de principios claros en el primero, franco reconocimiento de la voluntad de adaptarse a las circunstancias respectivas en el segundo partido; b) el primero subraya la libertad, el segundo la unidad. El Partido Progresista continuaba en realidad el clásico liberalismo de izquierda con todas sus dificultades; los nacional-liberales emprendieron un camino que podía conducir a la solución del problema alemán, pues, dado que este probablemente solo podía resolverse mediante la fuerza, y la fuerza estaba a disposición únicamente de la antiliberal Prusia, solo quedaba una esperanza de éxito si se era (con mayor comprensión histórica) condescendiente en las cuestiones de principio que afectaban a la libertad y se subrayaba la unidad" (Federico Federici).

El resto del período liberal de veinte años de la política alemana es, en lo esencial, la historia del Partido Nacional-Liberal a remolque de Bismarck. Bajo su influencia se apartó cada vez más de sus principios, hasta que, a causa de la nueva política social y del retorno al proteccionismo a finales de la década de 1880, se produjo una nueva escisión y Bismarck finalmente abandonó al debilitado partido. El fin de la política económica liberal trajo también el fin del liberalismo político. A partir de ese momento, el liberalismo en Alemania volvió a ser tan solo un movimiento intelectual de importancia constantemente decreciente. Las pocas grandes personalidades que en la época del derrumbe del antiguo Imperio en 1918 todavía eran percibidas como liberales, como por ejemplo Max Weber o, más tarde, Gustav Stresemann, solo pueden incluirse en esa categoría en una interpretación muy amplia de la palabra "liberal".

第 4. 章

Decadencia y reanimación

Hasta finales del siglo XIX, o quizá incluso hasta 1914, podía parecer todavía en la mayor parte de Occidente como si el liberalismo político se hubiera convertido en una de las conquistas irrenunciables de la civilización occidental y solo el liberalismo económico hubiera resultado ser una fase pasajera. Una observación más aguda debería haber suscitado ya entonces dudas sobre si la separación de estos dos ámbitos de aplicación de los principios liberales no era artificial e irrealizable a la larga. De hecho, en el ámbito de las relaciones internacionales, el resurgimiento del movimiento proteccionista y la consiguiente desaparición del principio de la "puerta abierta" en las colonias habían conducido directamente al surgimiento del imperialismo y a nuevos conflictos de poder. En los asuntos internos de los Estados, el alejamiento del liberalismo económico se produjo más lentamente, y sus consecuencias se manifestaron, por tanto, también más tarde [→Liberalismo (II)]. Pero lentamente los nuevos principios de la política económica y social, que desde la década de 1870 avanzaban cada vez con mayor rapidez, condujeron a una progresiva socavación de los fundamentos políticos de la sociedad liberal. No se comprendió que la propiedad privada y la economía de competencia constituían su presupuesto imprescindible; la lenta decadencia del principio del Estado de derecho, que traían consigo las crecientes intervenciones administrativas del Estado, se aceptó con ecuanimidad. La supuesta separabilidad del liberalismo político respecto del económico se elevó a la categoría de doctrina, cuyo representante más destacado fue más tarde Benedetto Croce, quien incluso designó ambas orientaciones con nombres particulares ("liberalismo" y "liberismo", respectivamente).

Como tradición intelectual, el verdadero liberalismo estaba casi extinguido al final de la Primera Guerra Mundial. Aunque en la práctica todavía había hombres que se adherían a sus enseñanzas, el pensamiento teórico estaba a tal punto impregnado de ideas antiliberales, en particular socialistas, que la evolución en el intervalo entre las dos guerras mundiales se apartó en todos los terrenos, con gran rapidez, de las tradiciones liberales. En la década de 1920, estas eran sostenidas sistemáticamente ya solo por muy pocos economistas, en particular Ludwig v. Mises. Pero por importantes que llegaran a ser para la posterior reanimación intelectual del liberalismo las discusiones que se vincularon en especial a la crítica del socialismo de v. Mises, la comprensión de círculos más amplios solo volvió a dirigirse a los problemas decisivos por obra de la efectiva evolución política. Solo cuando el avance de las formas totalitarias de gobierno mostró de manera inequívoca que la evolución que había comenzado en el terreno de la economía amenazaba finalmente, de modo inevitable, también la libertad intelectual, comenzó un cambio de rumbo en aquellos estratos intelectuales que habían sido los conductores del alejamiento del liberalismo. En los años en que la amenaza del totalitarismo fue mayor, los escritos de Walter Lippmann, Louis Rougier, Wilhelm Röpke, Friedrich A. v. Hayek, Walter Eucken y otros ejercieron entonces un efecto de gran alcance que a los trabajos anteriores de v. Mises, a los que aquellos debían en gran parte el impulso, les había sido negado al principio.

El nuevo liberalismo se distingue del antiguo ante todo en que es más consciente de la estrecha conexión recíproca entre las instituciones económicas y las políticas. No solo que la libertad política sea imposible sin una economía libre, sino sobre todo también que el funcionamiento satisfactorio de la economía de competencia plantea exigencias muy determinadas respecto del marco jurídico: tales son los conocimientos básicos sobre los que se funda el nuevo liberalismo. En lugar de la fórmula "laissez faire", que siempre había sido engañosa, apareció el esfuerzo expreso por una configuración del orden jurídico favorable a la conservación y al fecundo funcionamiento de la competencia, y que busca impedir el surgimiento de posiciones de poder privadas tanto del lado de los empresarios como del de los trabajadores. Se había hecho evidente que los clásicos "derechos fundamentales", en los que los ideales liberales del siglo XIX habían encontrado ante todo su plasmación, no pueden quedar realmente garantizados por el mero hecho de que las constituciones los enuncien, sino que todo el carácter del orden jurídico debe configurarse conforme a su espíritu, y que fue principalmente la legislación económica y social de las dos últimas generaciones la que amenazó la libertad que aquellos derechos fundamentales debían proteger. El objetivo del liberalismo resurgido, que por ahora constituye más un movimiento intelectual que político, es, por tanto, en lo esencial, una reanimación del ideal del Estado de derecho, en la que el principio de la estricta vinculación del ejercicio del poder del Estado por la ley y la mayor reducción posible de todas las facultades discrecionales han ocupado el lugar de la vaga oposición del liberalismo más antiguo contra toda "intervención estatal".

APPARATUS

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